No molesten al Weya Weya

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No se sabe quién realmente ha tenido la fortuna o la desdicha de haberlo visto siquiera alguna vez, pero el Weya Weya de los relatos de este pueblo tiene algunas características que se mencionan como de sobra conocidas. Por ejemplo, se dice que tiene los pies demasiado grandes, que es de cuerpo robusto y tronco ancho, de voz ronca, y que lleva sombrero de petate adornado con una bolita que le cuelga en la parte de atrás, pero aunque se diga que ya han sido varias las personas que alguna vez lo han divisado en las montañas, jamás se dice quién o quienes son esas personas. Pero así poco a poco, con el tiempo, en la memoria de los niños del pueblo va tomando forma el Weya Weya al que regularmente no se le atribuyen malas acciones sino se le concede el papel de cuidador de las montañas, que en caso de que se moleste sí podría provocarle un susto a cualquiera. Y así fue que de repente se supo que en una parte de la cadena de montañas cercana supuestamente habitaba ese ser que por donde caminaba, o pasaba cuando sus largos recorridos por las barrancas o lugares poco frecuentados, imprimía las grandes huellas de sus pies y dedos.

Así fue el relato que corrió de repente de boca en boca. Una familia que se había ido a vivir a una cabaña junto al río casi al pie de una montaña escuchó un grito apenas cayó la noche. Era un grito fuerte y ronco que tuvo eco en los altos cerros y corrió por las barrancas hasta que quedó el silencio. Pero el hombre, su esposa e hijos aún estaban aguzando los oídos para determinar la ubicación por donde más o menos se había escuchado el grito, cuando se oyó de pronto, esta vez, como un lejano bramido. Se escuchó como si el ruido mismo provocara un ventarrón que se fue por toda la cañada del río dando tumbos. Esta vez, según, todos los integrantes de la familia se miraron entre ellos. Estaban asustados, el hombre se acercó a las puertas de la casa y las apuntó con unos maderos. En eso estaba cuando se escuchó de nuevo el grito pero era como si este se prolongara o avanzara a toda velocidad pasando por las laderas de la montaña y se perdiera a lo lejos. Fue el último pero bastó para que a todos se les fuera el sueño.

Muy temprano, al día siguiente, el hombre se encontró con otro que vivía en la parte más alta del río y ambos coincidieron en que habían escuchado el grito. Uno de ellos narró que era como si el del grito había avanzado siguiendo río abajo. Entonces resolvieron ir a la ribera para ver si encontraban huella alguna. Luego se contaría entre niños y personas del pueblo que supuestamente los hombres se habrían encontrado con unas huellas de pies gigantes. Que eran las huellas del Weya Weya. Y el relato, mismo que no sólo se conoció tan rápido sino registró inmediatas alteraciones, muy pronto tuvo otras versiones. No faltó quien contara que una tarde que volvía del trabajo se encontró al Weya Weya tomando un descanso al pie de un árbol, que se echaba aire con el sombrero. Otro supuestamente más valiente, narró que al Weya Weya le gustaban los cigarrillos de tabaco, que él mismo lo había visto fumando. Entonces los niños empezaron a imaginarse a un Weya Weya solitario, un ermitaño de las montañas. Un día que los niños debatían si estaba bien o no hacer una excursión casi masiva siquiera al acceso de una montaña para ver si se mostraba el personaje, intervino una mujer que había escuchado de sus pláticas. Se llevó el índice a los labios ordenándoles silencio, y una vez que callaron, les pidió que dejaran en paz al Weya Weya, que no lo fueran a molestar, que el Weya Weya no anda perdiendo el tiempo asustando a la gente, que el Weya Weya es el guardián de las montañas, que su voz es la de las montañas, que por eso el eco, que por eso el tono de bramido. ¿Entonces, no es malo?

Los niños miraron hacia la cadena de montañas. Uno de ellos expuso que quizá viva donde los árboles más grandes. Otro dijo que quizá lo único que busca es que nadie destruya las montañas. Y así fue como, exista o no, los niños optaron por no ir en busca del Weya Weya. Prefirieron dejarlo que habite libremente en sus montañas, que campee a sus anchas en los relatos fantásticos, que viva en la memoria colectiva. Y es así como el Weya Weya desde alguna cercana o lejana montaña, en este caso de la zona Mezcalapa, puede salir a la vera del camino a tomarse un descanso al pie de un árbol.

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